Por: Abraham Jácome
Twitter: @chicosintuiter

Los lugares se resisten al cambio. Quizá porque la materialidad del espacio se contrapone por naturaleza a la mutabilidad de algo eminentemente inmaterial como el tiempo. O simplemente porque nosotros somos reacios a aceptar que los lugares cambian después de muchos años, que no corresponden con el recuerdo que tenemos de ellos. También puede ser, claro está, que no les dé la gana cambiar, que se acostumbren, como nosotros, a una época. Que se pasen la vida imaginando que aún viven en cierto tiempo, que siguen siendo los mismos que antes.

Como sea, estuve en Acapulco. No es que eso sea una consecuencia inevitable de mi proposición inicial, sino más bien el inicio de la breve reflexión que quiero relatar, y si no interrumpo súbitamente mis ideas sobre esa cierta atemporalidad propia de los lugares para ofrecer un contexto, nunca comenzaré.

Decía, pues, que fui a Acapulco a pasar el año nuevo con mi novia y amigos. Acapulco, ciudad en la cual viví durante casi 15 años, en una de las épocas más importantes que experimenta cualquier persona, ésa que define la personalidad, gustos, fobias y traumas que tendrá uno el resto de su vida. Todo ello en remolinos indistintos de vergüenza, angustia y sudor adolescentes. Vamos, la época en que las cosas empiezan y nada vuelve a ser igual.

Es la segunda vez que lo visito desde que dejé de vivir ahí, pero ello es irrelevante para efectos de mi argumento. Lo verdaderamente importante es lo que percibí cuando, despojado ya de mis pertenencias y vistiendo el atuendo adecuado para la ocasión, caminé por la calle en dirección a la playa. Ahora, cabe señalar que en estos años he visitado otros lugares de playa, todos con climas y olores similares entre sí, pero al parecer ninguno con las características específicas de éste, que me hicieron sentir que caminaba no ya en el mismo lugar, sino en el tiempo exacto de hace diez años.

A eso me refería. Es entonces que decidí escribir esto. Y sé que puede sonar relativo, casi imperceptible y subjetivo, pero es que lo es. Precisamente por ello, el fenómeno es terriblemente fascinante. Independientemente de la razón, el hecho es que los lugares se resisten al cambio, al menos desde nuestra perspectiva. Claro que también hay factores objetivos que se mantienen, tales como el clima, los olores particulares, esa específica medida en la que el sol calienta los cuerpos sudorosos que descansan a la intemperie, la cantidad exacta de viento y humedad en el aire, la presión atmosférica, el grado similar de hidratación que uno suele tener, etcétera. Y en mayor o menor medida, a pesar del calentamiento global y su consiguiente cambio climático, los factores anteriores se reproducen en determinadas épocas del año.

Sea por lo que sea, los lugares reaccionan mal al paso del tiempo. O más bien, no reaccionan, se aferran. Se quedan inmóviles esperando que el tiempo no los note y pase por ellos sin alterarlos. Los lugares tienen más memoria que los años indolentes y, al mismo tiempo, no dejan de ser contenedores de absolutamente todo lo que transcurre entre la fecha actual y aquella del recuerdo. Es decir, no se reservan a una sola época, sino que son todas y cada una a la vez.

Supongo que es por el valor narrativo derivado de lo anterior que me gusta escribir sobre lugares, esos espacios apropiados, particulares y culturalmente habitados, que actúan como anclas temporales y reconstruyen viejos recuerdos cada vez que los visitamos. Y no tiene que ver especialmente con la playa; todos los lugares funcionan de forma parecida. Aun así, no encuentro mejor metáfora del fenómeno que el mismo movimiento del mar, el cual, todos los días y cada año, continúa su ciclo de cobrar y devolver. Como si se tratase de recuerdos que rompiesen como espuma a nuestros pies.

Fue un fin e inicio de año que me devolvió canciones, aromas, emociones, miedos, esperanzas y dolores. Que me devolvió diez años de vida y se los cobró otra vez y de inmediato, con el movimiento a la vez sutil y poderoso de la marea. Todo ello en ese puerto encaprichado con la atemporalidad, lugar de mi pasado y de mi futuro. Lugar de hoy, más que nunca.

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