Por Luis Fernando Medina

Todo cambia.

No quería volver aquel jueves. Maldito jueves, como todos los demás días.

Deseaba seguir inmerso en el hueco de la inmundicia provocada por la intolerancia hacia los días normales, la rutina, la automaticidad de las personas, por la gente en sí.

Estaba cansado, no me dolía ningún músculo, pero me dolía todo: me dolían las letras y, por primera vez, me dolían los brazos de mi madre y de mi padre y de mis hermanos… me dolía ella.

Me dolía yo.

Estaba volviendo de entre gusanos negros y coágulos de paz que detenían las paredes, ya de por sí pesadas por el encierro, las cuales se volvieron muros infranqueables.

Derrochaba desdén por casi todo, excepto por la pluma, el cigarro y el café.

Coleccionaba ideas de nudos de sogas, vías de metro, cuchillos en el cuello, desangramientos por los brazos, luz apagada, encendida, apagada; y qué me saldría de las manos si no es tinta.

Migraña de diez días. Para qué demonios pensaba en la «no existencia», si de todos modos ya estaba allí, de a poco, pero allí.

Sentía de nuevo el piso bajo mis pies después de días de no sentir nada más que punzadas; me gustan, ya que hacen que no piense mucho en otra cosa que no sea ensayos de la muerte.

Deambulaba por la habitación como quien deambula sin sueños por la vida, como fantasma, como una rodadora de una duna a otra, como yo mismo en mi cabeza porque me doy cuenta de que mi cuarto es un retrato casi a calca de mi mente: enmarañado, a oscuras, atiborrado de recuerdos, algunas partes sin tocar, silencio, ruido, silencio, ruido, silencio, con telarañas, perdido, sin rumbo, caminando de aquí para allá, de la cómoda a la cama, del cenicero a la taza de medio americano ya frío, de tu blusa a tu recuerdo, evadiendo el desorden en el piso como si fuera un campo minado; ojalá pisara una mina, me encuentro con su rostro y le hablo bajito para que no nos escuchen las voces de adentro, le dibujo una sonrisa y le quito una lágrima que hace que piense que no es el tuyo sino el mío.

Me encuentro un dibujo de una mueca desfigurada que hice meses atrás mientras obedecía a los susurros del Malbec que me terminé en dos tragos y me acuerdo que esa vez también la veía a ella.

Se me olvidan las cosas por lapsos porque los espejos no tienen memoria, pero la compensan con sinceridad que provoca llanto, enojo, llanto, enojo, enojo, ira (pequeños golpes en las sienes que van dejando huella en los ojos, de esos que ayudan a poner la vista borrosa, pero a ver más claro lo que hay en los cuervos que también te ayudan a que se quede ahí y no salga) y cuarteaduras que dibujan arrogantes cicatrices burlándose de que nunca se borrarán del cuerpo, del alma.

Y así pasan las fechas con una foto de ella que me vigila y un recuerdo que suena con la perfección de una maldición terrible.

Maldita madrugada en la que volví para darme cuenta que acá dentro todo se ve normal y que yo sigo aquí sin regresar.

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