Por Carlos LM
Twitter: @Bigmaud

 

 

Para salir a la calle hay que estar dispuesto a encontrarse con cualquier cosa. Aunque la mayoría de las veces no se vea nada destacable, habrá algunas ocasiones en las que sí, y más vale estar preparado para ello. Que la vida no tome por sorpresa a nadie pues, tarde o temprano, lanzará una mordida y puede pasar de todo. Como entrar al baño de una tienda y ver que hay un hombre en el suelo que dice: “Dame el biberón, ¿dónde está el biberón?”. Lo he visto.

Hay otros sucesos mucho peores. Algunos peligrosos, otros tristes. Los primeros, los peligrosos, son fáciles de identificar. Tendrás alguna pista, ya sea un ruido fuerte que te pondrá alerta, o quizás las luces de un tráiler que se acerca dispuesto a unirte a las líneas blancas pintadas en el pavimento.

Los casos tristes, en cambio, no siempre son explícitos. A veces hay que poner atención a los costados para detectarlos. Sobre todo en tiempos donde la desolación ha dejado de ser excepción para convertirse en un elemento camuflado entre lo cotidiano.

La cuestión es que es fácil deprimirse si se tiene una mínima empatía con los otros. En mi caso, esto surge de manera automática. Tiendo a involucrarme en los dolores y tristezas ajenas de tal modo que vivo en una angustia constante gracias a la cual prefiero ni salir. No vaya a ser que un niño con las muelas picadas provoque una sensación que estropee mi desayuno.

Una cuestión aparte es la de los animales. Siento una debilidad por ellos. Los procuro de una forma acaso excesiva. Será porque no pueden hablar para pedir ayuda ni denunciar historias de maltrato y uno tiene que estar al pendiente de su bienestar. Lo necesitan. Pero fuera de eso, también les tengo en alta estima gracias a su pelaje, naricitas y encantadoras orejas.

En días recientes, me tocó ver dos casos tristes que tienen que ver con animales. El primero fue con un perro. Lo conocí en estas vacaciones luego de dar un paseo por las calles de Aguascalientes, en donde estaba de paso. Primero debo decir que Aguascalientes es una ciudad por demás bonita y por la que siento un gran cariño. Un lugar para perderse sin sufrimiento. La única queja viene por su clima. Tienen calor la mayor parte del año. Y, hasta eso, en esta ocasión tuve suerte ya que las tardes estuvieron nubladas y con lluvias acordes a lo que considero mi hábitat natural.

Les decía. Caminaba por ahí cuando vi una casa vieja de color gris. En la fachada alcanzaban a verse algunas grietas. Fuera de eso, lo único destacable era la puerta de madera y una ventana donde había un perro. La puerta tenía unos motivos florales tallados en los bordes. Nada impresionantes como para dedicar un escrito. Lo que sí lo merecía, era el perro de la ventana. Yo no sé de qué raza era, pero al menos debía pesar unos 30 kilos que disimulaba con sus ojos azules. Parecía un lobo, un animal salvaje que podría atravesar montes nevados sin problema alguno.

El detalle que desolaba era la expresión que tenía el pobre animal acurrucado al máximo en los barrotes de la ventana, en una lucha por cualquier milímetro que le fuera posible ocupar. Detrás de él, madera. Pocos centímetros para descansar.  No tenía ningún jardín ni un patio para para hacerlo. Ni siquiera una azotea de la que algunos perros desagradecidos se quejan. Este pobre muchacho estaba ahí, en una celda que le impedía correr, saltar y cazar pájaros. En consecuencia, su expresión corporal manifestaba sopor de alto calibre. La de alguien que no sacan a pasear nunca. Por uno segundos, me identifiqué con él, en tiempos en los que desperdiciaba eso que llamamos libertad. Le tomé una foto para después abandonar la calle, no sin antes desearle que algún día pueda escapar de esa casa para convertirse en un vago que lidere una pandilla de perros callejeros.

Al otro día fue peor. Ocurrió cuando fui con un familiar a comprar flores cerca de un cementerio. En el puesto, un hombre y una niña atendían. Mientras mi acompañante especificaba su pedido, un sonido irrumpió en la tranquilidad de la mañana. Era un perico. Ahí estaba, en una jaula colgada en un poste. La prisión en la que se hallaba atrapado era apenas tres o cuatro veces más grande que él. Vi cómo aleteaba desesperado en el interior de la jaula sin que pudiera volar. La escena era desgarradora, y fue peor cuando vi cómo el perico intentaba cortar con su pico el alambre con el cual la jaula estaba unida al poste. Era un intento infructuoso por escapar. La fuerza no le daba, la anatomía tampoco. Igual lo intentaba porque no tenía de otra.

Habría que replantearse a una escala global la idea de que las aves puedan ser animales domésticos. Yo creo que no. Son seres nacidos para volar. Una jaula los limita a un nivel que da escalofríos. Imaginen un día amanecer en una habitación de dos metros por dos metros con un par de contenedores donde hay agua y comida. Sería más o menos lo mismo. Qué desesperación. Similar a lo que pasa con algunos peces. Ignoro si sean conscientes de lo terrible que es estar dentro de una pecera, pero desde afuera es de no creerse. El colmo son esos a los que ponen a vivir en vasitos o en bolsas hasta que son vendidos. Todo para que, en su mayoría, solo para decorar casas horribles.

Ay, periquito. Me daban ganas de liberarte. Perdona si no lo hice. Dejé que la corriente de la civilización arrastrara conmigo. Con las trampas que lleva, por supuesto. Así vamos de mal, imagínate. Porque si yo hubiera descolgado tu jaula y te hubiera liberado, las personas de los alrededores me habrían tomado por un loco, alguien que no respeta, un desquiciado que necesita ser calmado por un policía para posteriormente ser llevado al psicólogo. Un engaño, te digo, porque los verdaderos inhumanos, los crueles, son los que te tienen ahí contra tu voluntad. Y nadie les dice nada ni los llevan al manicomio. Siguen tan campantes con un negocio próspero. Qué te digo. Igual me arrepiento. Debí dejar de lado las apariencias. Aunque también llegué a pensar que quizás el mundo exterior sea demasiado salvaje para ti. Es probable que no tengas ni idea de lo difícil que es encontrar comida o amigos por ahí. De cualquier forma lo entiendo. El riesgo es preferible a la comodidad que asfixia con lentitud.

Ya veré si en otra ocasión me animo. Por lo pronto, contribuiré con una pequeña acción: dejaremos de comprar flores en ese lugar. Con fortuna las ganancias de tus captores disminuyen lo suficiente para que te liberen por no tener suficiente dinero para darte de comer.

P.D. No dejes de picar el alambre. Aunque parezca que sea una tarea imposible, nunca se sabe. Tal vez llegue el día. O al menos llames la atención de alguien que sí se decida a liberarte.

  

  

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