Por Carlos LM

Twitter: @Bigmaud

 

Tres días con dolor de muela fueron suficientes para que decidiera visitar a un dentista. Quisiera pedirles que no se me acusara de ser una persona sin resistencia. Puedo preciarme de ser uno de esos valientes capaces de aguantar ese embate perpetuo llamado “la vida”. He sufrido, sin contarlo a nadie, una serie de dolencias que, contrariadas, terminan por declarar: “Aquí estoy haciendo mi trabajo, ¿por qué no te quejas o al menos se lo cuentas a alguien? Necesito que colabores para que esto funcione”. Yo le digo al dolor que no; pienso que si lo ignoro estaré combatiendo parte de sus efectos. Y de este modo, eventualmente, se van.

Pero la muela es la muela. No es algo que pueda ignorarse así como así.  Somos poca cosa sin los miembros dentales. Ya decía Daniel Johnston en una de sus viejas canciones que su vida no era la misma desde que perdió uno de sus dientes. Y, como se sabe, los niños, los borrachos y Daniel Johnston siempre dicen la verdad.

En un principio, desconocía la causa del dolor. Creía que no había razón alguna que lo justificara. Siempre he tratado bien a la boca. La lavo al menos un par de veces al día, utilizo enjuague bucal y procuro que ninguna persona fea tenga contacto con ella. Es una privilegiada.

Se lo expliqué al dentista, que luego de una inspección minuciosa, atacó con una pregunta que, dada la situación, resultó un poco extraña.

—Señor, ¿usted sonríe a menudo?

Tardé en responder. Primero, ¿por qué me llamaba señor? Soy un joven, usted es el señor. Su bata lo demuestra. Yo, en cuanto llegue a casa, usaré unas sandalias y luego podré ver una película sin tener la preocupación de alimentar a una esposa e hijos y tener que arreglarme el bigote. Y, segundo, la verdad es que no sonrío mucho. Quisiera que nadie lo supiera, muchos menos un desconocido con título en odontología.

—No, casi no sonrío —dije.

—¿Casi? ¿Acaso ha sonreído alguna vez, señor? —dijo.
—En ocasiones. Cuando leo una tira cómica o cuando se casa alguna prima —dije.

El dentista se quitó los guantes y el cubrebocas. De pronto me explicó algo que hasta entonces desconocía acerca del cuerpo humano y de la estomatología en general.

—Usted tiene el síndrome de las muelas dramáticas —me dijo—. Verá, cuando una persona no sonríe, o si lo hace con la boca cerrada, los dientes empiezan a enojarse. Aunque usted no lo crea, a los dientes les gusta tomar el sol como a nosotros. Disfrutan de ser vistos y que su dueño los presuma con el resto de la sociedad. Son parecidos a los adolescentes. Si uno como padre no les deja salir a pasear, hacen berrinche. Hay que tener cuidado con ellos. Porque después de un tiempo se hartan y planean maniobras para arruinarnos el jueves.

Vaya problema, pensé. Gracias al resto de la explicación, supe que los dientes se coordinan para atacar al dueño cuando entran en fase de rebelión: para ello necesitan sacrificar a uno de los suyos. Generalmente elijen a la muela de hasta atrás. El último de la fila es siempre el outsider, el marginado, ese elemento de poca popularidad que es dominado por los incisivos y premolares.

El dentista sugirió medidas para combatir la revuelta. Debemos ser contundentes, dijo. Hay que extraer a uno de los suyos para que sepan que no habrá contemplaciones ni se negociará con alborotadores.

Le dije que se calmara. Optaré por medidas conservadoras, agregué. Quiero estar bien.

Y llegué a casa con la convicción de que debo sonreír más. Los dientes son amigos. Se comportan de ese modo por mi bien. Sí, sonreiré más a partir de mañana. Espero, eso sí, que no descubran que lo hago solo frente a un espejo.

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