Por Bibiana Faulkner

Twitter: @hartatedemi

 

Conozco esta ciudad porque recorrí sus calles cuando salí con mujeres que me rompieron el corazón. De todas ellas, hoy vengo a recordar a una que no pude amar.

 

No pude enamorarme de ella, ni amarla, y aún así, me dejó antes que yo. Eso fue sabio, aunque me lastimó, ¿pero saben qué? fue más poético que doloroso.

 

Creo que nos obsesionamos con la idea de amarnos sabiendo que nuestro único gusto en común eran las mujeres. Vimos en el amor —de alguna manera— un reto claramente posible para nosotras, pero nos equivocamos —profundamente como un recuerdo enterrado—, por primera vez y para siempre.

 

No podíamos engañarnos, desde que comenzamos sabíamos que no funcionaríamos. El sexo también era malo y aún así nos quedamos esperando no sé qué. No, esperen, sí se qué: nos sentíamos solas y nuestro miedo apuntó —de alguna manera— al mismo lugar que era estar juntas.

 

Recuerdo la última tarde que pasamos juntas en aquel parque que tanto le gustaba. Yo quería contarle que en casa las cosas iban mal desde que papá se fue; no, miento, desde que mamá se fue. O que realmente las cosas en casa habían ido mal desde antes de que alguno se fuera. Ella quería decirme que su jefe en el trabajo es un hijo de puta y que ella no soporta a los hijos de puta porque su padre es uno de ellos, que nos había comprado un par de boletos para el teatro y que las obras públicas en la Ciudad de México estaban volviéndola loca. No nos dijimos nada de eso porque sabíamos que era nuestra última tarde juntas, pero después nos escribimos todo eso porque nos extrañábamos sin tenernos y porque otra vez estábamos solas. Maldita soledad.

 

Ojalá me hubiera enamorado de ella para haberle dejado cada mañana la misma nota que ahora escribo para alguien más: «Uno de mis paisajes favoritos eres tú desnuda y boca arriba. Otro es ese de los rastros que deja la ropa en la habitación porque así, indudablemente, regreso a ti».

 

            Ojalá nos hubiéramos amado aunque sea un poco, así —de alguna manera— no odiaría del mundo que el destino sea inalterable.

 

 

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