Por Víctor Alejandro B. C.
Twitter: @victoralejo_

 

 

Miré a mi alrededor y estaba rodeado de hombres morenos, barbudos, envueltos en armaduras verde-olivo con adornos sencillos, pero hermosos. Hacía calor y el viento era seco; levantaba nubes de polvo inmensas como  altozanos. En el aire se escuchaban voces ininteligibles en un principio, pero luego, como si alguien hubiera quitado un filtro, empecé a entenderles a la perfección y el ruido de las espadas y escudos, metal rozando el metal como la mosca que embelesada saborea la carne putrefacta. Noté en mi mano derecha el peso de una cimitarra de hoja curva y brillante, un mango ataviado de joyas y mi puño moreno y empapado de sudor sujetando la empuñadura junto a un tasbih de humilde confección que contrarrestaba con el esplendor de mi arma y ropas.

 

Escuché un coro de cuernos, un clamor ígneo que le arrebató a mi piel un escalofrío. Los hombres a mi alrededor empezaron a gritar ¡Allahu Akbar! ¡Allahu Akbar! ¡Allahu Akbar! Yo, arrastrado de repente por un delirio de coraje y frenesí, empecé a vociferar, a llorar (en ese momento recordé las palabras de mi abuelo —abuelo solo en el sueño, puesto que no tengo ascendencia musulmana— de que aquellos musulmanes que lloran en la oración y en la guerra a causa de Al-lah, verán su faz en el Paraíso), y alcé mi espada a guisa de amenaza contra los cerdos cristianos al otro lado del campo. El bramido era sobrenatural: éramos cerca de 50.000 hombres gritando y aullando. La tierra temblaba bajo nosotros y el cielo se retiraba a nuestro paso, asustado y respetuoso. 

 

Durante horas habíamos presenciado batallas aisladas, escaramuzas y emboscadas: era evidente que las fuerzas de los cristianos decaían. Las tropas de Guido de Lusignan, rey de Jerusalén, y Reinaldo de Châtillon, estaban muertas de sed y agotadas por las inclemencias del clima. Nosotros, fuertes y descansados —en el campamento no nos faltó comida y reposo— atosigábamos las formaciones cristianas, dividiéndolas y minando su fuerza. Pero el grueso de las fuerzas de Al-Nāsir Salāh ad-Dīn, esperábamos —hasta que sonó el orfeón de cuernos— para iniciar el asalto final. El asalto fue una masacre de cristianos. Solo tengo el recuerdo de la sangre, miembros cercenados, maldiciones, juramentos, caballos moribundos y el lamento de los muertos que poco a poco fue apabullando el ruido de los vivos. En cierto punto de la batalla, nos dirigimos a la tienda roja del rey cristiano ¬—escoltando a Al-Nāsir Salāh ad-Dīn— y nos hicimos con la Vera Cruz, reliquia del ejército cristiano: el trozo de madera en el que supuestamente el profeta Īsā ibn Maryam (Jesús, hijo de María), fue crucificado. También capturamos a Reinaldo de Châtillon, que por sus crímenes contra el Islam, fue decapitado por el mismo Al-Nāsir Salāh ad-Dīn. 

 

Luego, desperté. Mis extremidades temblaban por la adrenalina y el cansancio. En la mano derecha persistía el peso de una espada fantasma y en mis oídos retumbaba el grito y la sangre de cientos de hombres muertos hace siglos.

 

 

 

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