Por: Carlos LM

Twitter: @bigmaud

 

 

Son ya varios los días de vacaciones. Los he destinado a permanecer dentro de mi habitación. Una actividad de lo más sana y recomendable. El no hacer nada tiene sus beneficios. La mente y el espíritu necesitan recargar energía. Para ello es importante dejar de pensar, echar las preocupaciones al olvido. Después de una semana sin salir de la cama, se recupera el estado óptimo para ser una persona en plenitud. La rutina de los trabajos aburridos o de la escuela adormece el impulso que lleva a la felicidad. Se necesita una desintoxicación de las ocupaciones laborales antes de respirar con alivio.

No obstante, eventualmente es necesario salir. Hoy por fin dejé la cama. Las historias hay que ganárselas y ninguna ocurre en la comodidad del asiento. Así que decido caminar por ahí sin rumbo fijo, en busca de algo digno de contar a alguien más.

Empiezo por la colonia. Nada interesante, así que apresuro el paso. Quiero ir a una zona de riesgo, así que continúo por una ruta donde hay paredes sin pintar.  Sé que voy por buen camino cuando dejo de reconocer el lugar en el que me encuentro. Justo lo que necesitaba, la aparición de lo desconocido. Si pudiera, entraría a otra dimensión. Quiero conocer lo nunca visto por la humanidad: tortugas con trompa de elefante, enredaderas de cristal. Nadie me creería si escribo que he visto seres mitológicos, así que atribuirán las descripciones a un rebosante ingenio, en vez de caer en cuenta lo que ocurrió en verdad: ascendí a otro plano existencial.

Muchos escritores han pasado a la historia por escribir novelas  de “ficción” que en realidad están basadas por entero en experiencias auténticas. Experiencias que nadie cree verosímiles. Los autores acceden a que se les ponga la etiqueta de ficción por temor a que los tachen de locos. Optan por ser considerados genios: en el fondo ni siquiera tienen imaginación, solo pasan a papel lo que presenciaron en viajes interdimensionales.

Una hora después, reconozco con decepción que no he visto ninguna tortuga con trompa de elefante ni tampoco a un pterodáctilo. He fracasado de nuevo. Continúo con el recorrido sin hallar nada digno. Jamás podré aspirar a crear un relato de interés. Llevo una vida aburrida.

A decir verdad, lo único  anormal que he visto —y de eso ya hace varios días—  es un cuadrado negro flotante de unos cinco centímetros de altura. La primera vez se me apareció mientras tomaba una ducha. Después del enjabonamiento de brazos, noté de reojo que a un costado aparecía una sombra pequeñita. Y ahí estaba, pude verlo, un cuadro negro danzando en el aire. Confundido, le di un manotazo, pero pasó nada: seguía ahí con su baile. En un principio creí que se trataba de una alucinación producto del efecto narcótico de utilizar un champú pirata de hierbas orientales comprado en el mercado.

Pronto tuve que descartar esa opción. Por la noche, antes de dormir, volví a ver el cuadro negro. Esta vez a un lado de la lámpara que tengo en el buró. Contrariado, interrumpí la lectura del libro que tenía entre manos y cerré los ojos para dejar de ver al mundo entero.

Ahora, que recorro calles desconocidas, topo con ese objeto familiar: el cuadro. Se aparece con tal insistencia que, pienso, tal vez se trate de mi ángel de la guarda. En el cielo se han acabado los jovencitos con alas. Los dioses han tenido que enviar a este recorte de papel mágico para que vigile cada que doy un paso. La sobrepoblación en el mundo causa estragos: ya no quedan disponibles ángeles como los de antes. Los pocos que hay están reservados para quienes donan dinero a la iglesia. Los cinco pesos que di la última vez que fui a una solo me dan derecho a un cuadrito negro. Si tuviera dinero invertiría en un protector de mayor calibre: un dragón de fuego o una mujer desnuda con un arco.

Pero no soy nadie para quejarme. Si el cuadrito negro pudiera hablar, seguro le reclamaría a sus superiores en el paraíso:

—¿Por qué me han encargado cuidar a ese miserable? Ni siquiera lo necesita, apenas sale de casa. Mándenme con una estrella de Hollywood o con un piloto aviador.

Estamos al mismo nivel. Pertenecemos a los lugares bajos de la cadena alimenticia de nuestros respectivos mundos. El cuadrito es un protector tan pobre que ni siquiera tiene el poder de invisibilidad que tienen sus colegas del gremio de ángeles guardianes. Además pronto se debilita: de repente lo veo caer en un jardín. Por solidaridad hago lo mismo. Y duermo.

Un hombre me despierta. Me pega con un palo.

¿Qué hace usted de aquí? Salga de mi propiedad.

Perdone. Solo buscaba una historia para contar. Por favor, dígame si ha visto alguna por aquí.

Alcanzo a huir antes de que el hombre tire una patada. Un tipo sin sensibilidad, desde luego. El cuadro protector no hizo nada por evitarlo. Estaba fuera de su alcance. Es un debilucho. Ahora mismo ya no flota, se arrastra.

El hombre, por cierto, trajo a mi memoria a un viejo profesor de la secundaria. Recuerdo su  apodo, no así su nombre. Le decían “Rumino”. Una vez, para evitar dar una clase que no había preparado, nos contó la historia de una caja. La caja definitiva, la caja donde cabe todo. La posee un anciano que conoció en un viaje al extranjero. No reveló el lugar exacto. Lo que nos dijo es que ahí el anciano guarda su auto todas las noches. Nadie se lo ha querido robar porque nadie piensa que dentro de esa pequeña caja de cartón se encuentre algo de valor.

Decido cargar a mi ángel de la guarda. Lo pongo sobre mis hombros. Debo darle amor. Llevarlo a casa para que coma. Pobre bebé. Es probable que sea cuestión de tiempo para que se convierta en un león de acero. Aguardaré hasta entonces.

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