Por Bibiana Faulkner

Nací en 1983, me gusta viajar en el tiempo y tengo veintinueve personalidades.
 
Todo lo aquí relatado es a partir de mis once años de edad y si preguntas de antes, en realidad no tengo ni puta idea. Y no te quejes de los saltos en el tiempo, sé justo.

Llegué a poseer cinco diagnósticos psiquiátricos que incluían algo así como trastornos disociativos, la existencia de tiempos amnésicos, la fatalidad de ausencia de consciencia, máximo sufrimiento de ansiedad y el sentimiento de estar separado de uno mismo.

Hace no menos de un año, ingresé en una institución mental (de la que me fugué) por un tratamiento a toxicómanos. Tuve un romance brutal con la cocaína después de matar a Frederick, quien era una de las personalidades más obsesionadas que yo poseía; creía ser de agua así que lo ahogué en un río para no gastar en funeral pues de cualquier manera él era como el mismo río que buscaba siempre al mar.

De las veintinueve pude identificar solo a una que recordaba sin errores en el tiempo, a la señorita De Anta, un personaje que aunque inventado por mí, nunca me perteneció. Era como un fantasma que habitaba en mi casa, debí crearlo cuando me obsesioné con una mujer que tampoco me perteneció; me hablaba cada mañana que me encaminaba hacia el balcón; yo sin entusiasmo le espetaba “los fantasmas no hablan”, pero ella parecía no escucharme y así comenzamos conversaciones durante horas sobre el miedo, el raciocinio, el coraje, la espera, las falsas promesas. Me enamoré. Todo para que al final me dijera que nuestro romance era imposible, que el tiempo nos daría respuestas, que quizá en otra vida me encontraría; yo respuestas no quería, no deseaba tiempo, menos otra vida.

Y mi psiquiatra, el doctor Günter, a quien le reventé una estatuilla en el cráneo con aquella personalidad que me juraba asesinatos bestiales (quien ahogó a Frederick) porque me decía estar maravillosamente enamorado de una de las personalidades que empataban con él.

Al irme de su consultorio le dejé una nota: el coro de mis voces internas me dijo que usted buscaba embestirme por detrás, entonces le reventé esa estatuilla carísima suya del cocainómano de Freud en donde se albergan los sesos y enseguida le pateé el culo.

Escribo desde un cuarto con seis paredes y un techo que llega hasta el infinito. Estoy aquí encerrada por culpa de mi vecino, quien me descubrió en el panteón haciéndole el amor a su mujer, y eso que él sólo iba a dejarle flores.

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