Por Ángel Valenzuela
Twitter: @MetaFicticio

 

Siempre he sostenido que una ciudad es bella en tanto pueda recorrerse andando; la mía es una ciudad que mira con sospecha al peatón y éste no tiene más remedio que devolverle la mirada desconfiada. O quizás sólo sea yo —que soy un profesional de la insatisfacción, como diría Susan Sontag—, quien nunca se ha sabido adaptar. El asunto es que nunca he sido un gran fanático de Juárez.

Caminar por sus calles siempre ha significado hacerlo por una ciudad cuya identidad siempre está en reconstrucción porque nada en ella se preserva. Todo muda. Todo se derriba y sus habitantes estamos condenados a sufrir esa orfandad del desarraigado.

Quizás vuelvo a generalizar y sólo esté describiendo mi propio desarraigo, pero siendo justos, debo confesar que ya no resiento a esta mujer de cicatrices visibles y rostro endurecido: recorrerla en bicicleta me ha recordado que tiene otras caras, salir y transitarla sin la barrera que supone el coche y hacer a un lado la desconfianza del peatón me ha permitido reconciliarme un poco con ella, Juárez la fea. En bicicleta, Juárez ha bajado la guardia y me ha mostrado sus recovecos. Se ha dejado tocar y yo, seducir. Ya no somos dos extraños que se estudian con reservas: nos reconocemos y nos damos porque en la bicicleta uno no admira el paisaje: se funde en él.

Reconozco que finalmente le he tomado cariño y cuando uno la recorre en bicicleta no se está tan mal. Tal vez Juárez sea una ciudad que le pela los dientes a los peatones, pero le silba y hace guiños a los ciclistas.

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