Por Linda Oliva

Twitter: @besostristes

 

 

He intentado con todas mis fuerzas recordar el último abrazo de mi padre, pero ha sido en vano. Tampoco recuerdo la última vez que me dijo “te amo, hija”. No recuerdo a mi padre sobándome raspones o limpiándome heridas, no lo recuerdo cargándome y acostándome en la cama con un beso. No lo recuerdo leyéndome una historia antes de dormir o arropándome cuando hacía frío. Tampoco lo recuerdo abrazándome en esas noches de truenos y relámpagos o agachándose debajo de mi cama para comprobar que, efectivamente, ahí no había ningún fantasma. No lo recuerdo explicándome con ternura que las sombras que se veían en la ventana no eran monstruos, sino las ramas de los árboles mecidas por el viento. Tampoco recuerdo que pasara noches en vela a mi lado, especialmente cuando tenía esas crisis de asma.

No lo recuerdo viendo una película conmigo un sábado de noche o cantando canciones un domingo por la tarde, no lo recuerdo llevándome a la escuela ni diciéndome “me siento orgulloso de tener una hija como tú”. Tampoco lo recuerdo jugando conmigo un miércoles de tarde o enseñándome a nadar. No lo recuerdo repitiéndome hasta el cansancio las tablas de multiplicar, ni lo recuerdo enseñándome a montar bicicleta. Tampoco recuerdo el sonido presuroso de sus pasos viniendo hacia mí para ayudarme, ni sus manos sujetando las mías una de las tantas veces que quise darme por vencida, tampoco recuerdo que se sentara conmigo y me ayudara a hacer mis tareas de matemáticas,  no recuerdo la calidez de sus palabras animándome, levantándome después de alguna caída.

Jamás podría dibujarlo de memoria, ya no sé cómo sonríe, ni cómo camina, tampoco sé cuántas arrugas tiene, o si su cabello ya se puso más blanco, ya no sé si usa bigote o en cuál de sus mejillas es que tiene ese lunar, tampoco sé si todavía dice “suidad” cuando quiere decir “ciudad”. No sé si alguna vez hizo todas estas cosas que ya olvidé, lo cierto es que mi padre y yo nos perdimos viviendo bajo el mismo techo, estando a dos habitaciones de distancia. Nos perdimos aunque todos los días es él quien me abre la puerta al llegar a casa y a pesar de que vamos juntos cada semana a la iglesia. Lo único que recuerdo allá a los lejos, es su silbido al llegar a casa, y entonces vienen a mi memoria, aunque borrosos ya, todos esos años hermosos en los que yo creía que nada ni nadie podría hacerme daño porque lo tenía a él: mi superhéroe.

Qué afortunada es, me dije entre lágrimas. Ella sí recuerda el último abrazo de su padre, sonríe mientras nos cuenta que lo último que su papá le dijo fue: “siempre te voy a amar, hija”. Ella sí puede sonreír, aunque a su lado yace el cuerpo frío de su padre.  

El domingo pasado asistí al servicio fúnebre del padre de una de mis mejores amigas de la infancia, y la única que lloraba ahí era yo. Porque imaginé a mi padre dentro de ese féretro, porque me imaginé de pie ante tanta gente sin palabras para decir, porque nos miré en silencio, tan cerca y tan lejos, porque ni yo lo abrazo, ni él me abraza, porque ninguno de los dos se dice “te amo”, porque quizás estamos esperando a que sea demasiado tarde para entender que la gente de repente ya no está, y entonces solo nos queda el recuerdo del último abrazo.

 

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