Por Camilo Villanueva

Twitter: @LetraSilenciosa

 

¿Alguna vez te has preguntado cuánto dura una despedida?

Hace un año, cuatro meses y doce días, dejé ir parte de lo que más quería en el mundo. Era mi madre, mi hermana y mi amiga; mi sostén, mi fuerza y mi todo. Nunca creí que la muerte sería así de silenciosa y rápida, sobre todo rápida. Llevándose con ella todo lo que acompaña una despedida: desde las palabras hasta los momentos, y todavía más.

Pensé que aquel momento nunca llegaría y, cuando llegó, pensé que jamás acabaría de despedirte, que siempre te recordaría; y así ha sido hasta ahora.

Puedo escribirte a diario como si estuvieras aquí, incluso más. Siempre levantando las piedras en búsqueda de escuchar tu voz, golpeando el océano para encontrar tus abrazos, acariciando el viento para tocar tu rostro. Lo que más me preocupa de todo es creer que nunca terminaré de decirte adiós porque cada día estás más cerca y porque cada día te recuerdo más. No me canso de imaginar aquellas noches que veíamos pasar mientras soltábamos nuestras risas sin miedo a ser escuchados, pero en el fondo lo único que quería es que la tristeza entendiera que no podía involucrarse aquí; porque sabíamos que merecíamos ser felices y porque siempre supimos ser felices.

Hoy te extraño casi como nunca había extrañado en la vida. Pero no te suelto, aún no te suelto porque nos falta mucho por recorrer. También estoy seguro que vendrán más despedidas –cada vez más complejas– que con el tiempo aprenderé a sobrellevar. Pero no me pidas decirte adiós, no me pidas que te olvide; yo estoy destinado a extrañar porque sé esperar, porque sé querer lo que una vez me hizo feliz y hoy no está. Porque sé que una despedida puede durar mucho más de lo que somos capaces de imaginar.

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