Por: Maru Luarca
Twitter: @lady_micu

Quería escribirte sobre el mundo perfecto que cultivé en pequeños viveros marcados con las cuatro cifras de cada año que planeamos juntos. En cambio, asisto silenciosa a la muerte de los débiles brotes que aún asoman entre el ramaje seco.

 

Quería enumerar los centímetros del camino infinito que trazamos para ambos y recopilar las historias que nos contamos al oído con la complicidad discreta del sol y  la luna en la ventana. Pero el portillo ya no existe y la memoria comienza a ser un erial desolado, por el que no transita nadie.

 

Te escribiré en cambio, desde la morriña. Desde el vómito rabioso que quedó después de nosotros. Pude elegir arrojarlo todo al inodoro, a puerta cerrada; pero decido simular alivio frente a cientos de ojos que atestiguan.

 

Quiero pararme al medio de la multitud indiferente y gritar que el tedio se metió por los poros, por los oídos, por todos los orificios de mi cuerpo cansado. Que hace las veces de gruesos tapones que no permiten escuchar más que los lejanos sonidos ahogados de un mundo que murmura lo que es ajeno.

 

Podría culparte de la ausencia, pero no sería del todo cierto. Dejase el absurdo llenando los vacíos. Una sucesión de disparates que cosquillean debajo de la nariz y que, de no ser por la enorme tristeza que suponen, me harían estallar en carcajadas.

 

Te digo, sí, que sigo acumulando seriedad como si ello supusiera algún tipo de riqueza. Que todo lo que metimos en el saco para vivirlo juntos, es ahora una carga pesada que parte en dos mi delgada espalda.

 

Te cuento, también y a modo de advertencia, que quiero una fiesta de trivialidades iridiscentes que cuelguen del borde ondulante del vestido y que me hagan sentir como el gato despreocupado que anuncia su vaivén por las estancias y cuando sale de ellas.

 

Voy a vomitarte con el hastío, amor. 

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