Por: Bibiana Faulkner
Twitter: @hartatedemi

 

Para comenzar a leer este texto, sugiero que pongan de fondo la canción de Nothing compares to you de Sinéad O’Connor. ¿Listos? Va:

 

Tengo días postergando este texto pues llegué de visitar a mi madre y me invadió la nostalgia por dejarla con el corazón mitad vacío. Y digo mitad porque… la verdad ni sé el porqué.

 

Corrí a toda velocidad en el aeropuerto después de despedirme de ella y una sola vez volteé hacia atrás, ahí estaba: indefensa y estúpidamente hermosa.

 

Hace meses que no la veía y en nuestro reencuentro me pareció que hubieran pasado años. Tal vez porque le vi más arrugas en la cara que la última vez. “Madre, ahora se notan más tus arrugas”, dije acariciándole la cara. Ella se limitó a sonreír porque además de amarme, es lo que mejor sabe hacer.

 

Me gusta pensar que las arrugas en su rostro se le han hecho por tanto reír y que es tan fuerte que por eso, hasta la fecha, me cuenta sobre mitología griega, sobre Hércules y su historia sin darse cuenta que también habla de la suya. Y porque es bella.

 

Pasé con mi madre una parte del invierno que enfrió mi cuerpo. Donde ella vive los vientos helados llegan con la misma fuerza que el amor cuando se ama con la intensidad de la primera vez. Caminamos las calles de esa ciudad que yo detestaba porque antes creía que me había robado a mi madre já, una ciudad robándote a tu madre, ya sé, ya sé—, creía mal, pero el dolor de no tenerla cerca pretextaba todo pensamiento estúpido que yo tenía hasta que hice las pases con los lagos de por ahí, con los pasos peatonales, con los bares, las iglesias, los semáforos, la gente y las lavanderías de ocho libras por dólar. Como decía, caminamos las calles tomadas de la mano y hasta tomamos fotografías para no olvidar cómo somos y cómo es el lugar donde ella vive, para imprimirlas y ponerlas después en mi cuarto, para que la gente me diga: “Oh, qué bella fotografía”, y yo les conteste que sí a secas.

 

Los días que estuve con mi madre fumé muy poco y tomé también muy poco. Supongo que esto último se lo debo al control de mis vicios orales (que la mayoría nacen por la relación con la madre) y al frío hijodeputa que me congeló la garganta algunos fines de semana. Será tal vez lo segundo, pero no quería dejar de escribir lo primero.

 

Entonces me sincero y reescribo el segundo párrafo:

Me fui corriendo a toda velocidad por el aeropuerto después de despedirme de ella porque quedarme otro poco me haría llorar me tocó ver cómo se congelaban las gotas de agua— y yo sé fingir muy bien ser fuerte.

Volteé hacia atrás, ahí estaba: indefensa y estúpidamente hermosa, agitando la mano con ríos de sal en las mejillas.

 

Le dejé una nota sabiendo que yo también me colaba entre la tinta. Le dejé mi bufanda favorita porque no quiero que el invierno pase y ella no tenga algo de mí, porque su corazón y su divina piel morena son dos cosas que hubiera querido heredar. Y porque es bella.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here