Busco un lugar para redimir mis pecados
Por Bibiana Faulkner

Mis padres deseaban un hijo fuerte, varonil, dichoso, siempre guidado por la verdad, pero me tuvieron a mí.
Era de noche y la luna cantaba más fuerte que yo. Mi culpa era más pesada que el sudor de mi espalda, y ya cansado de cargarla, me sumergí en una iglesia católica muy bien cuidada, y, al cerciorarme que había un sacerdote ahí dentro, me puse cómodo. Bastante cómodo.

Señor intermediario, descubra la ventanilla solo a la mitad porque he pecado de pensamiento,palabra, obra y omisión.
Señor intermediario, he violentado los mandamientos de su libro sagrado. He matado a un Diego, a un Mateo, a un Isaías. He fornicado con una Estér en un lugar que yo creí igualito al paraíso.
He cometido violación seis veces, seis días de la semana y seis veces a la misma mujer.
No amo a mis padres porque yo tampoco me sentí amado, ni siquiera los domingos, ni siquiera el día que descansaba Dios.
He mentido todos los días de mi vida y la única vez que amé a una mujer, me dejó y después me olvidó.
Y no, no amo a Dios sobre todas las cosas, tal vez ni siquiera sobre una.
Señor intermediario, descubra la ventanilla completa y si quiere, gríteme la penitencia que debo cumplir.

Perdí la cuenta de las aves Marías y los credos que rezaba con una voz que se deslizaba por el largo del reclinatorio, perdía también la redención de mis pecados y entonces perdía todo lo que había ido a buscar ahí.
Los pecados que había cometido, obedecían a mi lastimada alma y a mis alas nunca rotas pero incapaces de volar.
Me pido ser justo y mantener mi calma tanto como mi culpa. Me pido mucho porque todo el tiempo ha sido tan plano como igual. 
Lamento no ser fuerte, ni grande, ni dichoso, ni etcétera. Lamento todo lo que no soy porque no tengo el tiempo suficiente para lamentar lo que sí soy. Lamento que mis padres hayan deseado no tenerme y en su lugar, me hayan tenido a mí.

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