Por Ángel Valenzuela

Twitter: @Metaficticio

Me hubiese gustado ver a Luciano en mi funeral. No llegó y debo decir que le eché de menos. Durante la ceremonia no hice sino esperar su llegada. Tarde pero con lágrimas en sus ojos, sin duda, cruzaría el umbral del cementerio y se acercaría hasta el féretro. Una orquídea en la mano. ¡Él sabe cuánto me gustaban las orquídeas!

Yo estaba verdaderamente hastiada. El cortejo fúnebre avanzó lentísimo y el sol ardía sin clemencia. Hubiese preferido morir en invierno o, cuando menos, que no me vistiesen de negro. El cura sólo interrumpía el sermón para limpiarse el sudor de la frente con cierta intermitencia. Hablaba de una eternidad, de un paraíso en el que según las escrituras ahora debía encontrarme. Escrituras que debió haber escrito algún vivo, ahora entiendo, porque mi permanencia en este lugar es evidente. Todavía es hora que no conozco de cielo ni mayor infierno que la espera interminable.

¿Será que no llegó a sus oídos noticia de mi muerte? Estela debió ponerle al tanto. Algo debió suceder porque de otra forma habría llegado a llorar mi ausencia. Basta con que un empleado postal haya cometido un error para que la carta no hubiese alcanzado su destino. Luciano no se sabe en duelo por un error burocrático.

Hace ya diez años que se marchó y no le he visto desde entonces. Una mañana simplemente desapareció, sin decir nada. Pensé que estaba tratando de demostrar algo, que volvería con la cabeza gacha una vez se cansara.

No fue así.

Entre avemarías y padrenuestros, susurros y lloriqueos de parientes distantes, esperé la visita tantas veces postergada. La única que importaba. Pero es inútil hablar de eso ahora. Resignada, hago un esfuerzo inmenso por soportar el clima sofocante de mis tres metros bajo tierra. Los sepultureros se han marchado ya y Luciano no ha venido a ver a su madre muerta.

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