Por Mayra Carrera

Twitter: @advanita

 

Edith era la puta del pueblo, la que todos los hombres querían y las mujeres odiaban.

 

Edith vendía amor y caricias a quien lo necesitara a cambio de unos pesos y, a veces, a cambio de un trago o unos cigarros; cargaba toda su tristeza en esos tacones de charol rojo y toda su amargura en esos labios rosados; vendía amor porque no sabía hacer otra cosa.

 

No tenía familia, sus padres la habían abandonado al nacer en la puerta de la comisaría, sucesivamente la entregaron a un orfanato, lugar de donde se escapó a los 16 años para dedicarse a la vida galante; era flaquilucha, parecía una vela derritiéndose en los brazos del mejor postor; su única amiga era Doña Clementina, la dueña del bar donde trabajaba, aunque también quería mucho a Denisse, un travesti compañero en la fichada.

 

Edith se tomaba dos botellas de Don Pedro al día y se echaba a 7 cristianos si el cuerpo le aguantaba; cuando tenía ganas de nada, nomás se echaba una cobija San Marcos encima y no despertaba por días; los domingos eran sus favoritos ya que le gustaba ir a comer menudo a la fonda de Don Goyo, quien también era su cliente de cada miércoles; a Edith le valía madres que las mujeres del pueblo la odiaran porque sabía que por ella aquél pueblo era lo que era: los hombres trabajaban porque a todos los tenía bien contentos.

 

Una mañana de invierno, Edith no pudo levantarse, sintió un dolor profundo en el pecho que le impedía respirar, pero no dijo nada, creía que era normal, culpa de las mil formas en que la habían puesto el día anterior pensó ella—, así que se untó Vick’s y se volvió a dormir.

 

Denisse pronto se preocupó por ella y fue a visitarla, pero Edith ya no pudo levantarse más, nadie sabía qué tenía y tampoco quería ir con el doctor. A regañadientes de sus amigos accedió que le llevaran al médico hasta su casa, mismo doctor que le diagnosticó cáncer en los pulmones.

 

No te preocupes, manita, todo saldrá bien dijo Denisse.

¡Qué chingados andará saliendo bien si moriré! respondió Edith.

Ay, eres tan pinche pesimista, de veras— decía Denisse.

Mira, Denisse yo te contaré todas mis mañas para que cuando a mí me lleve la chingada, seas tú quien tenga a este pinche pueblo contento— dijo Edith entusiasmada.

Pues a mí me vale madre eso Edith, yo quiero que te cures— replicaba Denisse.

No me curaré, babosa, lo sabes bien, así que deja de mamar— decía Edith.

Pues si de eso vivo, manita, ¿quieres que me muera de hambre?— bromeaba Denisse.

Ay, pinche Denisse, no te aguantas, cabrona— finalizaba Edith.

 

Todas las tardes, Denisse iba a leerle un libro a Edith. Después de la lectura, Edith le contaba todos los secretos con los que mantenía a sus clientes contentos, y, en un pedazo de envoltura de tortillas de maíz, escribió su testamento: sus tacones, vestidos y perfumes de Avon, su casa, su cobija San Marcos y todos sus clientes pasaban a pertenecerle a Denisse.

 

Una tarde, Edith pidió una botella de Don Pedro a Denisse, la bebieron juntas y al terminarla, Edith se recostó en su lecho, esbozó una sonrisa y le dijo: “Nunca imaginé terminar mi vida así, haciendo lo que más me gusta: tomando”. Después murió.

 

Los clientes nunca notaron el cambio, siguieron contentos con los quereres de Denisse y aquél pueblo siguió contento por muchos, muchos años más.

 

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