Por Víctor Alejo Burgos

Twitter: @victoralejo_

 

Si todo recuerdo es parcialmente una ficción,

la memoria es una continua y parcial ruptura con la realidad. 

 

Las cosas cambian y eso es un hecho indiscutible. Sin embargo, hay cambios notables, cambios que por más que quieras restarles importancia no podrías, porque detrás de ellos subyace un significado invisible pero palpable, como esa brisa que mueve el cabello de una mujer. Una exótica belleza notoria pero escondida, escurridiza. Generalmente estos cambios son sucesos minúsculos, casi corrientes e imperceptibles para algunos, pero para otros son hechos, epifanías, profecías que nadie nunca dijo pero que, en algún lugar, se mantienen escritas a través de los eones. 

 

     Por ejemplo: tengo una ruta establecida para ir al trabajo en las mañanas. En esa ruta siempre paso por una casa de piedras, con un gran patio delantero separado de la calle por un muro no muy alto, también de piedras. En esa casa, siempre, hay un ama de llaves, alrededor de las 7hs, barriendo el frente de la estructura y sacudiendo las hojas secas que se desprenden indiferentes del árbol y sin importarles la estación del año. La señora, impasible y con una mirada vacía, barre y barre, intentando deshacerse de la gran cantidad de hojas que forman una alfombra de materia orgánica semimuerta sobre el muro y gran parte de la acera. Barre sin detenerse o al menos esa es la impresión momentánea que me da cada vez que paso frente a ella. Tiene las piernas llenas de varices y el uniforme le queda pequeño. El cabello, amarrado informalmente en forma de un moño es de color marrón pálido, degradado y ceniciento. La visión que tengo de ella es fugaz, por lo tanto, esta descripción no es del todo fiable, pero sirve. 

 

     Hace unos días tuve que irme por la ruta de la mañana haciendo el mismo recorrido casa-trabajo, pero a la hora en la que generalmente regreso de laborar y de las demás obligaciones. Todo esto alrededor de las 17hs50. Vaya cambio. Me sentí en otra ciudad. Todo lucía distinto, sí, como es natural, pero había alteraciones, rupturas totales con mi memoria inmediata. Casi me perdí por no reconocer en la tarde, las calles que recorría en la mañana. Y lo que más me impactó fue ver en la misma casa de piedras a un indigente profundamente dormido sobre el muro, todo cubierto de hojas marrones e indiferentes. 

 

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