Por Yovana Alamilla

Twitter: @yovainila

 

 

Nunca me han gustado las despedidas, pero no estoy segura si es porque no sé exactamente qué debe decirse cuando pasan, porque sí sé que después del adiós inevitablemente –y por lo menos– alguno de los dos queda con el corazón hecho pedazos; o por las dos.

 

Las despedidas, aunque estoy convencida de que se presienten, siempre son difíciles para ambas partes. Decidir que es el fin no siempre es fácil, parece que la memoria se nos pone en contra y justo cuando ya estamos decididos, nos trae los recuerdos más felices, nos hace dudar, y dudar también duele; por otro lado, si tú no tomaste la decisión, duele que decidan por ti, duele que te dejen, te duele el ego, te duelen los porqués.

 

A todos nos han dejado y hemos dejado a alguien también por lo menos una vez, y sé que en ese momento nos cuesta ver la situación objetivamente y que nos gusta deshacernos, pero como todos sabemos qué se siente estar en los dos lados del río, me parece justo que –en primer lugar– dejemos de ver las despedidas como actos de egoísmo. Y es que en realidad no lo son, comenzando por el hecho de que no puedes dar algo que no tienes y si no eres feliz no puedes hacer que el otro sea feliz, y todos merecemos estar con alguien que nos ame de la forma y en la cantidad en la que amamos.

 

Pero no, no voy siquiera a pretender que la próxima vez que nos dejen les llevemos flores y una caja de chocolates para agradecerles la intención, sé que duele y que siempre dolerá, solo quiero que dejemos de pensar en que fue egoísta y que pensemos más en lo que ganamos que en lo que acabamos de perder.

 

Qué bonito sería que todas las rupturas fuesen de mutuo acuerdo, pero no siempre es así y es por eso que –en segundo lugar– tenemos que aprender a soltar, ahora sí, no por el bien del otro sino por el propio. Dice Cerati que poder decir adiós es crecer, y es que aunque a mí no me gusten las despedidas, sé que hay cosas que debemos dejar ir aunque nos duela.

 

Todo tiene una fecha de caducidad y aunque no nos guste aceptarlo hay círculos que tienen que cerrarse y gente que tiene que irse porque ya nos dieron –y les dimos– todo lo que podía darse, aunque nos cueste tenemos que entender que si seguimos siendo aprensivos nunca podremos seguir adelante. Y hay que seguir adelante.

 

Un día te cansas de esperar cosas que en el fondo sabes que no llegarán, de no dormir en las madrugadas y lo único que puedes hacer es tomar tus cosas y dejarle una nota en el buró que diga: «Gracias por el amor y también por lo que no era pero se le parecía».

 

Y al final de todo, por más heridos que estemos, debemos de recordar que nadie nació sabiendo dejar ir y mucho menos sabiendo olvidar; a veces nunca queremos aprender y otras veces hacemos como que sí sabemos aunque por las noches lloremos en posición fetal mientras abrazamos nuestra mantita.

 

Si decides soltar –y tienes suerte– pronto deja de importarte, o aprendes a vivir con la ausencia; si no, puedes pasar toda la vida tratando de olvidar, fingiendo que quieres aprender a hacerlo, amargándote la vida y por las noches sintiendo cómo un pedacito de tu alma va a visitar las ruinas de lo que se derrumbó.

 

Una cosa está muy clara: duela cuanto duela hay que ponerse en pie, limpiarse las heridas y volver a caminar.

 

Y sé que es mucho más sencillo escribirlo y leerlo que hacerlo, pero hay que intentarlo. No sé ustedes, pero a mí no me gustan las despedidas y no tengo una maestría en soltar y olvidar, pero sí, sí quiero aprender a hacerlo.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Please enter your comment!
Please enter your name here