Él y yo
Por Bibiana Faulkner

Charles se sentó en mi mesa como si fuera una cantina cualquiera. Le cambié el título al texto porque él mismo refunfuñó sobre el original “Mi encuentro con Charles Bukowski”.

Charles tenía días invadiendo mi casa, se paseaba por la cocina, la sala, los pasillos, los cuartos. Yo quería hablarle un poco y él quería que lo escuchara. Entonces, hace un par de noches lo hice tanto como pude. Asumo que su deseo por hablar se maximizó cuando critiqué su obra y externé mi hastío días antes de sentarnos a fumar un par de cigarrillos.

Charles comenzó:

La imbecilidad es un acto entre el ser y no ser, no te podría gustar si no supieras de lo que estoy hablando. Crees saber de mí por lo que lees de mí. Nada de lo que escribí es cierto. La gente es muy pendeja, la gente es muy estúpida. Las cosas no son como yo creo, y deberías utilizar un lápiz que no fuera de cera para escribir mejor.

Hasta ese momento Charles tenía razón, mi escritura era ilegible a consecuencia del lápiz de cera y el exceso de alcohol que apenas me dejaba escribir. Charles me dijo que la escritura era parte de las ganas que yo tenía por poseerlo, pero se equivocó como en muchas otras cosas. Había perdido la razón como la perdió cuando decidió entrar a mi casa, a mi espacio, sin invitación o deseo alguno que me removiera las entrañas.

Charles seguía hablando, me dijo que las personas que escribían sobre la muerte no tenían idea de lo que estaban haciendo: “Ellos nunca se han muerto para saber de lo que hablan. Si yo quisiera escribir de lo que es la muerte y no la vida, ya me hubiera muerto tres veces”.

Julieta, me amas más de lo que me odias. Y ese fue el momento en el que comprendí que los muertos también mentían.

Yo no lo amaba, mucho menos lo odiaba, simplemente me había hastiado y sin duda, desde que lo supo, ese hecho lo había dejado intranquilo, por no decir incómodo, o por decir ambos adjetivos.

Espérate. Me cogí a tantas mujeres como pude, a pesar de feo, todas las mujeres, todas me creían perfecto por hacerles ser como querían ser. Julieta, agarra tu libreta y métetela por el culo—. Me pidió otro cigarrillo.

Enseguida hablamos sobre religión y no quise anotarlo porque por qué sí. Después vociferó sobre la fe y el amor en un mismo enunciado, como si hablar de ambos fuera lo mismo. Y tal vez sí.

La fe solo existe cuando existe una botella que te puedes terminar. El amor no es nada más que un perro comiendo carroña de la basura de su amo que ya no necesita.

Después, sin preludio alguno como en toda la charla y cada uno de los temas con humo y ron de aquella noche, me dijo “tú quieres encontrar el clímax donde todos lo quieren encontrar y no es cierto”.

¿Sabes quién fue mi madre?
No.
Yo tampoco.

Me reí por su descaro y al tiempo me preguntó que por qué decidí el sobrenombre de Bibiana Faulkner, sobre todo por el apellido. Esa noche confluimos en lo aburrido del mismo William Faulkner, también se burló de mí y mi poca tolerancia para leerlo más de tres cuartillas. Otra vez tenía razón, al menos. Me preguntó por Octavio Paz y otras cosas que no recuerdo a causa de tanto ron.

Me pidió otro cigarrillo y le dije que no, entonces se fue. Charles se esfumó como los recuerdos que no quieren perdurar, pero a veces regresa porque él es de esos a los cuales no les alcanzó la vida para escribir tanto como hubieran querido, y, de alguna manera, busca que alguien escriba por él.

Julieta, yo pude ser un hombre muy feliz, pero también la felicidad se gana y yo no hice nada para tenerla; le aposté todo al tiempo, la dejé en cada cogida que le daba a cada mujer abandonada que era mía…Siempre pude ganar más, pero repartir periódicos y folletos me daba la misma rabia que dejar una botella a medio vaciar. Suerte.

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