Bibiana Faulkner

Conocer a Federica ha sido lo más oportuno que me ha pasado en la vida y si no me creen después de terminar de leer este texto, busquen los sinónimos de oportuno.

Si tener el corazón roto en ochenta mil pedazos está de moda, me pregunto por qué entonces la mayoría finge vivir con una sola pieza; en ese caso entiendo que soy de las pocas personas que apenas respiran sin saber cómo ni por dónde, por qué ni para qué.

Federica solía decirme “si no me coges me voy”, entonces inmediatamente yo tiraba al piso mi cigarrillo o todo aquello que entorpeciera mis manos e intentaba dar lo mejor de mí, por lo menos una vez al día. Y yo entendía, juro entendía que el humano es de carne, pues Federica se empeñaba en recordármelo cada vez que amenazaba con irse diciéndome esas seis palabras, mas tenía una leve esperanza que también el humano pudiese sentir, por lo menos una vez al día. Es verdad, a veces tengo fe para regalar.

Federica era más joven que yo, bastante femenina, con un bronceado de piel hermoso, de ojos grandes y vivos, cabello muy corto, demasiado atlética y de estatura mediana. Era la primera vez que me interesaba por alguien cuyo cabello no llenaba mi gusto del todo y cuyos pechos no llenaban por completo mis sexpectativas. Al menos no desperdiciaba tanto espacio de mi cama durmiendo sola y mi cuerpo recibía su dosis de calor tan solo a cambio de un chantaje.

Las noches me salían baratas, ustedes lo saben, en estos tiempos es un pecado desaprovechar cada cosa y cada carne de cada cuerpo. De tal manera, Federica me enseñó a conocer el desamor porque me enamoré no sé por qué. Dios, ¿qué tan horrible es besar hasta partir en cien, dos labios que ni siquiera me pertenecieron alguna vez?

Gracias a Federica distinguí el tamaño del juego que soy capaz de soportar, aprendí el fondo y la forma de un chantaje, la sensualidad de los pechos pequeños, la ansiedad de mi corazón y a saber que las personas somos de alcohol también, ¿sino de qué?


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