Por Bibiana Faulkner
Twitter: @hartatedemi

 

 

Quisiera decir, de entrada, que todo lo que leerá es ficción, pero la cosa es que, desgraciadamente, es verdad.

Además, el verdadero problema es que no le veo una pronta solución. Este es un llamado a las autoridades correspondientes de la delegación Miguel Hidalgo (una de las 16 del Distrito Federal). CCP: Víctor Romo (Jefe Delegacional en Miguel Hidalgo).

 

La historia transcurrió así la madrugada del 27 de septiembre del año en curso:

 

Era una noche que corría con normalidad; un par de amigas mías y yo habíamos decidido ir a un bar de jazz en la zona de Polanco, entonces paramos en la calle Julio Verne y dejamos mi automóvil en un valet parking. Nos metimos al bar y la pasamos increíble; salimos a la 1:20 am del establecimiento al lugar donde había entregado mi automóvil y, mágicamente, no era ese valet. Me sobresalté porque, si acaso, había bebido una sola cerveza y estaba bastante sobria como para alucinar cualquier cosa.

 

Mis amigas y yo recorrimos todos los valets de la calle y no, ninguno era. El discurso de los encargados de los otros valets era: “Seguro lo dejaste con un franelero”; pero yo traía en la mano el maldito boleto de “SKAZI, VALET PARKING”. Ahora los franeleros ya daban boletitos de valet, y yo, en algún momento de la vida, me había perdido la noticia.

 

Pasaban los minutos y de pronto, ¡PUM!, logré ver a un muchacho que, junto con otro que nunca encontré había recibido mi coche y revisado mi portátil. ¡Hey, túúúú, tú recibiste mi auto!, le dije al muchacho, pero el muy ingrato me respondió: “No, no, yo ni siquiera trabajo en ese valet del boletito que traes, mira, aquí están los míos”. Le dije que eso qué tenía que ver, que su trabajo era una mezcladera, que por favor localizara mi automóvil”, pero el ingrato —me parece gran idea llamarle así hasta el final del relato— me lo negó. “Estás confundiéndome, amiga, neta”, me decía. La cosa es que a mí no se me olvidan las caras de los ingratos aprovechados. Además, el ingrato dijo llamarse Alfredo Oliver, quien también dijo estar al servicio del restaurante “Capri” (sobre Julio Verne).

 

Busqué mi automóvil y se encontraba estacionado en la esquina de la calle paralela a Julio Verne (seguro hasta me brillaron los ojitos); corrí con el ingrato y le dije: “Hey, muchacho, ahí en la esquina de la otra calle está mi auto”. Se sorprendió y me dijo que lo llevara a donde estaba, entonces caminamos y ¡Maríamadrereinademisericordia!, ya no estaba.

 

Me sorprendí y el ingrato hizo como que se sorprendió. “Tranquila, amiga, si el valet se lo llevó, debe regresar en unos minutitos por aquí”, dijo el ingrato mostrando falsa condescendencia. Falsísima.

 

Luego pasó una patrulla (la #76-10) con dos policías, y les platiqué, nerviosa, nuestra reciente historia como de ficción; se negaron a llevarme a las “pensiones o estacionamientos públicos” más cercanos, como se leía textualmente en la leyenda del boleto del SKAZI VALET: “EN CASO DE QUE EL AUTOMOVIL NO SEA RECOGIDO AL TERMINO DEL HORARIO DE SERVICIO EN ESE CASO LA EMPRESA LO DEPOSITARA EN EL ESTACIONAMIENTO PUBLICO MAS CERCANO TENIENDO UN COSTO DE $450.00”.

 

Se negaron diciendo que ellos no podían asistirme, pues estaban para ver si la zona necesitaba algo. Y claro, yo no necesitaba nada; perdónenme, policías al servicio de la zona, yo no los necesité, sigan dándose la vuelta a las 2 de la mañana, al fin que ustedes son la única patrulla del maldito mundo y están listos para salvarlo.

 

Tomé un taxi con una de mis amigas y recorrí supuestas pensiones y estacionamientos públicos, pero no, ninguno era una cosa o la otra. Mientras, mi otra amiga, trataba de convencer al ingrato de que nos “echara la mano”.

 

Eran las 3 de la mañana. Yo estaba encolerizada, sobre todo porque veía cómo los valets hacían minijuntas —como cuando un equipo de baloncesto se reúne en tiempos fuera—, y volteaban a vernos pretendiendo que no descifráramos su parloteo desvergonzado.

 

Le dije al ingrato que me iría a las últimas consecuencias y que pasaría —de ser necesario— toda la noche en el MP más cercano, también que él me acompañaría. Por supuesto, él me respondió un “no” rotundo y varias veces amenazó con abandonar el lugar, pues él repetía que no sabía nada de mi auto y que, incluso, ya había salido de trabajar, que eso le pasaba por ser bueno y tratar de ayudarnos a solucionar nuestra tragedia.

 

Mis amigas después trataron con él, pues conmigo, el muy ingrato, ya se negaba a hablar que porque yo era muy injusta.

 

Verán, a las 3:20 am de la mañana el ingrato llegó conduciendo mi auto y pregonando que lo había sacado de una pensión, la del Hard Rock; me entregó un boletito que yo debía pagarle: $450.00 era la “multa”.

 

Otra vez, mágicamente, la misma patrulla llegó despuesito de que el ingrato llegara con mi auto. Me sentí protegida por la presencia de la patrulla, pues el ingrato —junto con otros 4 valets— me exigía su “pago” por sacar mi auto de la pensión esa, y yo me negué argumentándole que al día siguiente regresaría a hablar con el gerente del supuesto restaurante donde estaba el SKAZI VALET. Comenzó a acercarse un policía a mí y volví a sentirme protegida hasta que, al llegar a la puerta de mi auto —junto con los 5 valets—, me dijo: “Ahora sí que con quien usted tiene que arreglarse es con este muchacho que la sacó del problema”. Luego el sentimiento más opuesto y perfectamente ubicado: nunca me había sentido tan desprotegida, ni cuando aprendí a andar en bicicleta sin llantitas; lo juro. Por quien sea lo juro.

 

Saqué los $450.00 y se los di al ingrato. Vayan ustedes a creer que, encima de todo, el ingrato me dijo al final: “¿Y yo qué propina me gano? ¡Ves, por eso me caga hacer favores!”. Le cerré la puerta de mi auto en la cara y arranqué, pero por el retrovisor alcancé a ver cómo el policía y los valets hacían una minijunta —como cuando un equipo de baloncesto se reúne en tiempos fuera—, y el ingrato extendía la mano al policía con un billete producto de la cínica rapiña.

 

Nota final: días después regresé al restaurante de donde se suponía que era el tan mentado valet que nunca encontré (no el del “Capri”, el de al lado) y uno de los gerentes de la zona, me dijo, acongojado, que desgraciadamente no era la primera vez que había ese tipo de quejas, pero que no correspondían al valet del restaurante sino a un “valet fantasma”; que los restauranteros habían hablado con la autoridad correspondiente y de repente llegaban patrullas a levantar a los valets-franeleros, pero de nada servía porque les tumbaban una lana y volvían a hacer de las suyas. Yo digo, primero, que nos fijemos exhaustivamente con quién dejamos nuestro auto y que alcemos la voz, no vaya a ser que otro día de estos, la mafia nos agarre desprevenidos.

 

 

Por manutención interna de la página, no es posible subir las fotos acordes al relato en este espacio, pero están disponibles en este otro creado: http://twitpic.com/dgx3xb http://twitpic.com/dgx4g8

 

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