Por Carlos LM

Twitter: @Bigmaud

 

 

Este hombre despertó un día con la intención de no volver a tomar un baño. Al menos por un tiempo, pensó. Qué caso tenía. Vivía solo, apenas conocía a nadie y rara era la ocasión en que salía de su departamento. Podía probar la experiencia. Y sí, pasó los dos primeros días sin aspavientos. Pudo dejar la higiene corporal en un segundo plano. Era temporada invernal, así que no tenía mayores obstáculos. El sudor no era un factor. Simplemente no tenía razones para ducharse. Ya en el pasado sufrió las molestias provocadas de salir a un clima helado después de tomar un baño con agua caliente. No tiene sentido, se dijo.

Ya llevaba una semana sin entrar en la regadera, aunque todavía, de vez en cuando, se lavaba las manos. Para él la comida era sagrada. Los alimentos merecían una mínima atención protocolaria para que pudieran disfrutarse en totalidad. Lo mismo con los dientes. Los cepillaba dos veces al día para borrar cualquier rastro que pudiera mermar los sabores de los platillos que pedía a domicilio. Valía la pena. A eso se reducía la postura que mantenía. Hacer aquello que valiera la pena. Y darse un baño no venía a cuento. No al menos como una costumbre diaria. Para qué, a nadie le preocupaba lo que hiciera. El mundo podría funcionar igual si solo recurriera al aseo entero una vez al mes, pensó. Tampoco hay que exagerar. Con que lo hiciera mensualmente tendría suficiente limpieza para diferenciarse de los indigentes que salían en las noticias. Aprovecharía también esas ocasiones para afeitarse y cortar un poco el cabello y las uñas.

A la segunda semana sin tomar un baño, pasó una tarde entera leyendo un libro que tenía pendiente. Era un viejo regalo que una compañera del trabajo le dio unos años atrás. Aquella era una temporada productiva. No como la actual, donde estaba desempleado y sobrevivía con modestia gracias a que, a pesar de todo, siempre fue alguien preocupado por ahorrar. Hubo tiempos en los que apenas gastaba dinero. Lo  usaba para lo esencial, para lo mínimo. El resto, directo a la cuenta bancaria. Varios de sus colegas sufrían para llegar a fin de mes, mientras él lo hacía con holgura. La clave estaba en mantener la soledad. Sin esposa y sin hijos, no estaba obligado a gastar demasiado. Tampoco a bañarse. Ahora pensaba en lo ridículo de algunos hombres que se arreglaban, perfumaban y se vestían para seducir a las chicas que les gustaban. Él había dejado esas tonterías en el pasado. Nunca nadie se lo valoró. Sin esperanzas, tocaba arrojarse a lo menos posible.

El libro. No sabía bien de qué trataba. De verdad que lo intentó. Sumergirse en la historia y esas cosas. Pero pasaba las páginas sin que la lectura le dejara nada. Los ojos recorrían las palabras, pero su mente estaba en otros pensamientos. Trescientas páginas después, el autor no le había ofrecido una mísera recompensa. Veía ahí una cuestión recurrente en su vida. Lo único que le satisfacía era la liberación de un pendiente histórico de su biblioteca. El libro había estado ahí en un mueble, como recordatorio permanente de que era incapaz siquiera de disfrutar la generosidad de los demás.

Oh, no. Ya recordaba lo que le molestaba de ese regalo. La mujer que se lo dio, Dalia, era bonita. Le gustaba, incluso. Hablamos de días en los que todavía sentía entusiasmo. Cuando aún imaginaba escenarios de felicidad al lado de una mujer que lo quisiera y con la cual pudiera viajar hasta que tuvieran hijos.

Pasa que el regalo no vino como un acto espontáneo. Fue producto de un intercambio navideño. Y cuando alguien le reveló que a Dalia le había tocado él en el sorteo, se supo contento. Era mentira lo que decía la sabiduría popular, los intercambios no siempre son decepcionantes, se dijo. Le toqué a Dalia, tendré un regalo suyo, algo que ella eligió para mí. Será hermoso. Y fue tal su entusiasmo que, además del regalo que tenía que dar a un compañero (¿Se llamaba Carlos?), compró un peluche adicional para dárselo a Dalia como muestra de agradecimiento ante su obsequio. Era un perrito de nariz rosa.

El día llegó. Todos los de la oficina intercambiaron regalos. Él llevaba los que iba a dar en una bolsa negra. De ahí saco una cartera envuelta en papel dorado y se la dio a su compañero para después darse un saludo de manos que no se transformó en un abrazo. Ambos sonrieron. Recibió un muchas gracias, muy amable. Y luego se separaron. Unos segundos después, Dalia se le acercó. Toma, le dijo, feliz navidad. Era un paquete. Luego de tomarlo, intentó abrirlo. Le tomó un rato, ya que no quería romper la envoltura, aunque solo fuera una cartulina amarilla sin moño. La tarea no fue sencilla. Los pliegues del papel venían reforzados por una cinta adhesiva muy resistente. Tuvo que sumergirse en la tarea con todo lo que tenía por dentro. Cuando lo consiguió (al final tuvo que rasgar uno de los lados), confirmó que era un libro, como era de esperarse. Si bien no era nada del otro mundo, el hecho de que viniera de ella le daba un valor especial. Al subir la cabeza para darle las gracias, se dio cuenta de que Dalia se había ido. Estaba en un rincón donde conversaba con un grupo de compañeros.

Jamás sacó el perrito de peluche de la bolsa. Una hora después, cuando salió del trabajo, lo dejó enfrente de una carpintería. Caminó de regreso al departamento sin pensar mucho más.

Ya había leído el libro. Gran cosa. Fue una pésima idea porque eso le hizo recordar aquel día. La humillación que el paso del tiempo había disipado, volvía en esplendor. Pensó en el peluche abandonado. En lo ridículo de la generosidad. Dalia ni siquiera se tomó la molestia de quitarle el plástico protector al libro ese para escribir una dedicatoria. Ofensa mayor.

Quedaba comer. Eso es. Llamó por teléfono a una pizzería cercana. Se dio cuenta de que pedir comida era la única forma de socialización que tenía últimamente. Colgó. Dos semanas sin bañarse, dios. Finalmente se quitó la ropa y entró a la ducha. Tenía menos de media hora para poner las cosas en orden.

 

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