Por Bibiana Faulkner

 

Salí corriendo del motel, ya iba tarde camino a encontrarme con la mujer de mis sueños; mi cuerpo ardía en arrepentimiento, me sentía el hijo de puta más grande sobre la tierra.

 

Me escondí entre las calles, veía a Carmela en todas las caras, puedo jurar que la vi cruzando la calle hasta que decidí tranquilizarme, la paranoia estaba tragándose mi cerebro; tenía tanta culpa que no me cabía.Cumplía ya tres años con Carmela. Ella era la mujer perfecta para mí y yo un idiota que lo había arruinado todo esa misma tarde, todo por la debilidad de mi carne, todo por sucumbir ante los encantos de otra mujer.

Me había decidido: le confesaría todo y ella me perdonaría, lo sé; jamás lo volvería a hacer; si tan solo pudiera cambiar la maldita hora aquella. Cómo pude.

 

Llegué. Ahí estaba ella:

 

        Juro que te amo, Carmela empecé.

Jerum… —Carmela apenas decía mi nombre mientras me tocaba el rostro.

 

Yo no la dejaba hablar, le decía lo felices que seríamos, lo mucho que la amaba; hablaba de la fortuna de nuestra existencia por empatar a tiempo, hablaba de nosotros. Me había decidido, no confesaría una sola palabra.

 

        Quiero que te cases conmigo le dije emocionado.

 

Nunca había estado tan seguro como aquella noche y tan arrepentido como aquella tarde.

Carmela no hablaba mientras yo pensaba en hacerle el amor toda la noche.

 

        Jerum, hoy estuve con otro hombre —dijo sin algún tono de arrepentimiento en su voz.



 

Me reí. No me había equivocado, Carmela había salido del mismo lugar a la misma hora que yo.


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