Por Linda Oliva

Twitter: @besostristes

 

 

El despertador sonó a las seis de la mañana. Ella corrió a ducharse y se arregló lo más rápido que pudo. Él, en cambio, se sentó con calma a leer el periódico del día mientras disfrutaba unas tostadas francesas. Se dieron los buenos días, cada quien agarró su taza de café y se despidieron con un “hasta pronto”. Ella caminó unos cuantos minutos hasta llegar a la estación del metro que la llevaría a su trabajo; él condujo hacia su oficina mientras escuchaba el pronóstico del tiempo y disfrutaba su café.

Alrededor de la media mañana se escribieron mensajes de texto para recordarse lo mucho que se amaban. A eso de las tres de la tarde, él la llamó para recordarle que ya era hora de almorzar; ella le recordó que antes de las cinco debía pasar por la tintorería para recoger el traje que él usaría en la presentación de su nuevo proyecto. Cuando el reloj marcó las cinco y media de la tarde, ella lo llamó para avisar que ya estaba en casa y él le contó lo difícil que se le hizo llegar a la tintorería a causa del congestionamiento vehicular. Ella le platicó lo mal que pasó su día después de haber tenido un altercado con uno de sus superiores.  

A las seis de la tarde, él la llamó para avisarle que se quedaría un rato con sus amigos, ella le contó emocionada que por fin había encontrado ese libro que tanto quería leer. A las siete de la noche se escribieron para contarse de las ganas que ambos tenían de estar juntos por fin. Ella extrañaba tanto sus besos y sus caricias, él extrañaba su risa y su voz. Después de suspiros, susurros y risitas cómplices volvieron a decirse: “Hasta pronto.”

Después de cenar y escuchar música un rato, ella entró a su habitación, se sentó en su cama y comenzó a leer para no sentir larga la espera. Mientras tanto, él veía un juego de fútbol con sus amigos en un bar. A las nueve de la noche ella recibió un mensaje que decía: “No te duermas, ya estoy muy cerca.” Ella paró de leer y dobló la esquina de la página cincuenta y cuatro. Guardó su libro en la mesa de noche, sabía que él ya estaba por llegar.

Entonces él estacionó el coche y abrió la puerta. Se quitó el abrigo y lo colgó en el perchero, tiró sus llaves en la mesa de la sala de estar y subió las escaleras corriendo, casi haciéndose tropezar. Entró a su habitación y la cama seguía vacía. Se acostó del lado izquierdo de su cama, encendió el computador e inició sesión. Ella lo esperaba ya.    

Y así, una y otra vez, cada día.    

 

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